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Salmo 11

 Al Señor me acojo, ¿por qué me decís: «Escapa como un pájaro al monte»? 

¿Porque los malvados tensan el arco, ajustan las saetas a la cuerda, para disparar en la sombra contra los buenos? 

Cuando fallan los cimientos, ¿qué podrá hacer el justo? 

Pero el Señor está en su templo santo, el Señor tiene su trono en el cielo; sus ojos están observando, sus pupilas examinan a los hombres. 

El Señor examina a inocentes y culpables, y al que ama la violencia él lo odia. 

Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre, les tocará en suerte un viento huracanado. 

Porque el Señor es justo y ama la justicia: los buenos verán su rostro.

 

El pensamiento cristiano ha calado tanto en nosotros que, cuando leemos algunos salmos, nos chirrían los versos. ¿Puede Dios odiar al violento? ¿Hará llover fuego del cielo sobre los malvados, como pretendían los hermanos Zebedeos? ¿Nos está vigilando, como un severo guardián, para ver a quién debe castigar?

La imagen del Padre que nos dio Jesús, y que vemos reflejada en la parábola del hijo pródigo, nos muestra un Dios muy diferente. Padre benevolente y no juez; respetuoso de nuestra libertad y no policía; perdonador y no castigador. Si nos mira continuamente, es porque ni uno solo de nuestros cabellos cae sin que le importe: nos mira con preocupación y amor.

Sin embargo, nuestra tendencia natural es más agresiva. Cuando era niña, en catequesis, aprendí de memoria que «Dios premia a los buenos y castiga a los malos». Esto es justicia retributiva de raíz bíblica. Pero no nos engañemos: no toda la Biblia está de acuerdo en esto. Quizás desearíamos que fuera así. Los literatos lo llaman «justicia poética»: el malvado recibe su merecido y la venganza queda bien cumplida.

Pero la realidad escapa a la poesía y a los deseos humanos. La realidad nos desborda, y a veces parece injusta o enigmática. ¿Por qué, si decimos que Dios es justo, permite tanto mal?

Olvidamos que Dios es justo, pero no como nosotros. Su justicia rebasa, en mucho, nuestra «legalidad», nuestras ideas y preferencias. No podemos abarcar el misterio de Dios ni meterlo en nuestros esquemas. Pero sí podemos acercarnos a él, buscar su intimidad e intentar conectar con su corazón. Si Dios es padre, es padre de todos. Mirando el mundo con ojos de Dios, ¡felices los limpios de corazón!, algún día podremos ver su rostro. Y, con eso, nos bastará. 

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