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Salmo 78 (77)

Poema de Asaf.

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza; inclina el oído a las palabras de mi boca: que voy a abrir mi boca a las sentencias, para que broten los enigmas del pasado. 

Lo que oímos y aprendimos, lo que nuestros padres nos contaron, no lo ocultaremos a sus hijos, lo contaremos a la futura generación: las alabanzas del Señor, su poder, las maravillas que realizó; porque él estableció una norma para Jacob, dio una ley a Israel. 

Él mandó a nuestros padres que lo enseñaran a sus hijos, para que lo supiera la generación siguiente, los hijos que nacieran después. 

Que surjan y lo cuenten a sus hijos, para que pongan en Dios su confianza y no olviden las acciones de Dios, sino que guarden sus mandamientos; para que no imiten a sus padres, generación rebelde y pertinaz; generación de corazón inconstante, de espíritu infiel a Dios. 

...

Dio orden a las altas nubes, abrió las compuertas del cielo: hizo llover sobre ellos maná, les dio un trigo celeste.

Y el hombre comió pan de ángeles, les mandó provisiones hasta la hartura.

Los hizo entrar por las santas fronteras, hasta el monte que su diestra había adquirido.

. . .

Este largo salmo, del que sólo reproducimos el comienzo y algunos versos más, va recordando la historia de Israel desde su salida de Egipto hasta la llegada a la Tierra Prometida. Es un salmo histórico y de gratitud por las obras que Dios ha hecho a favor de su pueblo. La memoria lleva a la alabanza.

Los versos elegidos recogen el episodio del Éxodo en el que el pueblo israelita pasaba hambre y clamó contra Moisés y Aarón: «Nos habéis sacado de Egipto, donde nos hartábamos, para morir de hambre en este desierto». Entonces Dios les envió el maná, con el que se alimentaron durante su largo periplo.

De nuevo la Biblia nos muestra un Dios providente y provisor, como la madre que alimenta a sus retoños. Y lo hace mostrando su poder, pues en sus manos está el obrar prodigios y hacer llover pan del cielo.

Este es el mismo Dios del Génesis, que se preocupa por el alimento y el vestido de sus hijos; un Dios cercano, sensible a nuestras necesidades materiales.

Penetrando en el mensaje tras estas líneas, podemos pensar que, ciertamente, y sin necesidad de prodigios, Dios nos alimenta con «trigo celeste». ¿Acaso no es el creador del mundo y de la vida? El mayor milagro es que exista el universo, y dentro de él, un planeta verde y fértil con una naturaleza generosa y abundante que puede alimentar a todos los seres vivientes. Pero en este planeta ha surgido otro milagro aún mayor si cabe: una consciencia maravillosa y creativa, la mente humana. Con la abundancia de la naturaleza y el poder de nuestra mente podemos vivir una vida plena y digna.

Todo cuanto tenemos, desde el aire hasta el alimento, desde el aliento vital hasta la inteligencia de nuestro cerebro, es puro don. Si recordamos esta realidad, si sentimos que todo es regalo de Dios, nos será fácil comprender el agradecimiento del salmista. Y de ahí se desprende otra actitud: el respeto hacia todo lo creado, el cuidado de la naturaleza, una ecología sana que nos hará comprender que no somos dueños, sino administradores, y que no podemos explotar impunemente ni abusar de los recursos que están a nuestro alcance.

Agradece y canta quien es consciente de que ha recibido mucho. El salmo emplea verbos muy expresivos: oír, aprender, contar, enseñar. Son los verbos que caracterizan el testimonio, el anuncio, la noticia. Quienes no vieron cara a cara el prodigio, lo escucharon de sus padres y lo hicieron parte de su vida. Ese es el sentido profundo de «aprender». Y cuando algo forma parte de ti, algo importante que te construye como persona y que marca tu historia, no puedes menos que anunciarlo, comunicarlo, esparcirlo. Así es como se consolida la fe de un pueblo y se genera una cultura. A partir de una experiencia impactante y liberadora, contada y recordada por generaciones, el presente queda vinculado a un pasado y proyectado al futuro. La experiencia fundacional de Israel es esta: la de un Dios liberador y providente, que jamás desatiende el clamor de su criatura.

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