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Salmo 101 (100)

Salmo de David

Voy a cantar la bondad y la justicia, para ti es mi música, Señor; voy a explicar el camino perfecto:  ¿cuándo vendrás a mí? Andaré con rectitud de corazón dentro de mi casa; no pondré mis ojos en intenciones viles.

Aborrezco al que obra mal, no se juntará conmigo. Lejos de mí el corazón torcido, no aprobaré al malvado.

Al que en secreto difama a su prójimo lo haré callar; ojos engreídos, corazones arrogantes no los soportaré. 

Pongo mis ojos en los que son leales, ellos vivirán conmigo; el que sigue un camino perfecto, ese me servirá. 

No habitará en mi casa el que actúa con soberbia; el que dice mentiras no durará en mi presencia. 

Cada mañana haré callar a los hombres malvados, para excluir de la ciudad del Señor a todos los malhechores.

. . .

Este salmo enumera una serie de actitudes que alejan de Dios. En contraste, David, el salmista, canta la bondad y la justicia, el camino perfecto. La imagen del camino recto, del que no hay que apartarse, es muy idónea. En país de montañas y desiertos, desviarse del sendero podía suponer la muerte. En el plano espiritual, apartarse de la bondad y la justicia puede suponer la agonía del alma y la perdición.

Corazón torcido, ojos engreídos, corazón arrogante, difamación, mentira, maldad: no los soportaré. Son estas las cosas que el salmo nos invita a arrojar fuera de nuestra vida. Y podemos pensar: nosotros somos humildes, no tenemos malas intenciones, no mentimos ni difamamos... ¿Es esto cierto? Cuántas veces pensamos mal, sin tener motivo suficiente; cuántas veces criticamos a espaldas de; cuántas veces nos envenenamos con resentimientos y deseos de revancha. Cuántas veces vamos por la vida esgrimiendo nuestra «verdad» por delante, sin escuchar, atropellando a todos. Cuántas veces repetimos: genio y figura, hasta la sepultura, y somos incapaces de cambiar y de abrirnos a los demás. ¿No es esto arrogancia, torcedura de corazón y difamación?

El salmo 101 nos invita a hacer examen de conciencia. ¿Qué actitudes o conductas contaminan nuestro corazón? Echémoslas fuera. Digamos: ¡no os soporto más! No os quiero aquí. Y emprendamos, con valor,  el camino perfecto, el camino recto que lleva a Dios. Ese camino nos llevará de vuelta, reconciliados, a los demás.

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