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Salmo 81 (80)

Al Director. Según la oda de Gat. De Asaf. 

Aclamad a Dios, nuestra fuerza; dad vítores al Dios de Jacob: acompañad, tocad los panderos, las cítaras templadas y las arpas; tocad la trompeta por la luna nueva, por la luna llena, que es nuestra fiesta. 

Porque es una ley de Israel, un precepto del Dios de Jacob, una norma establecida para José al salir de Egipto.

Oigo un lenguaje desconocido: «Retiré sus hombros de la carga, y sus manos dejaron la espuerta. Clamaste en la aflicción, y te libré, te respondí oculto entre los truenos, te puse a prueba junto a la fuente de Meribá.

(Pausa) 

Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti; ¡ojalá me escuchases, Israel! No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero; yo soy el Señor, Dios tuyo, que te saqué de la tierra de Egipto;

abre la boca que te la llene». 

Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer: los entregué a su corazón obstinado, para que anduviesen según sus antojos. 

¡Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino!: en un momento humillaría a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios.

Los que aborrecen al Señor lo adularían, y su suerte quedaría fijada; los alimentaría con flor de harina, los saciaría con miel silvestre.

. . .

Asaf, el salmista, recuerda al pueblo su historia. Tenéis un Dios que os liberó de Egipto: sacó la carga de vuestros hombros, oyó vuestro clamor afligido y respondió.

Este pueblo salvado, liberado, se instaló en una tierra y allí se mezcló con otros pueblos que adoraban otros dioses. El pueblo de Israel confraternizó con el politeísmo de su entorno; el culto a Yahvé se daba a la par que el culto a los dioses agrarios propios de Canaán. En realidad, el pueblo cultivó el sincretismo durante buena parte de la historia.

La caída de los reinos de Israel y Judá a manos de los imperios dominantes, Asiria y Babilonia, es leída en clave teológica. El motivo es que el pueblo se apartó de Dios y cayó en la idolatría. Existía en la antigüedad una noción muy arraigada: si eres fiel a tu dios, él te protegerá; si te ocurre una desgracia es porque le has fallado y te ha castigado. La ruina de Israel se lee como una consecuencia de su infidelidad a Dios: mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer.

Ahora, ¿qué hacer? Dios enojado sigue compadeciéndose de la desgracia del pueblo y ofrece la salvación de nuevo. Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino: si el pueblo se arrepiente y restaura la devoción a Yahvé, él doblegará a sus enemigos y le devolverá una vida próspera y pacífica.

¿Cómo leer hoy este salmo? En clave espiritual. Yo soy Israel. Dios es mi creador, el amor que me sostiene y me cuida. Puedo adorarle o puedo seguir los antojos de mi corazón, como dice el salmo, y adorar mil cosas que el mundo me ofrece. Sin darme cuenta, o conscientemente, me aparto de Dios y busco la felicidad y la plenitud en otros lugares. ¡Hay tantas ofertas tentadoras!

La consecuencia de apartarse de Dios, fuente de nuestro ser, es terrible. Seremos pasto de los enemigos. ¿Qué significa esto? Que, en nuestra vida cotidiana, el mundo nos comerá, literalmente. Nos chupará el tiempo, la energía, la alegría, hasta nuestro dinero y recursos. Trabajo, ocio, consumismo, presión social, propaganda, bombardeo mediático, prisa, falta de tiempo... Todo esto es evitable y podemos manejarlo si tomamos con fuerza las riendas de nuestra vida. Pero necesitamos apoyo y necesitamos una visión más alta, desde la mirada de Dios, para dar importancia a lo que realmente la tiene y liberarnos de las cadenas del mundo.

Volver a Dios nos sana y nos restaura. Nos libera y da sentido a nuestra vida. Entonces nos llenaremos de alegría y podremos hacer fiesta, tal como rezan los primeros versos de este salmo, que recuerdan el gozo de la liberación. Este es el mensaje más hondo de este salmo que ansía la felicidad.

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