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Salmo 86 (85)

Oración de David.

Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado; protege mi vida, que soy un fiel tuyo; salva, Dios mío, a tu siervo, que confía en ti.

Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti, Señor; porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan.

Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica. En el día del peligro te llamo, y tú me escuchas. No tienes igual entre los dioses, Señor, ni hay obras como las tuyas.

Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre: «Grande eres tú, y haces maravillas; tú eres el único Dios».

Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; mantén mi corazón entero en el temor de tu nombre.

Te alabaré de todo corazón, Dios mío; daré gloria a tu nombre por siempre, por tu gran piedad para conmigo, porque me salvaste del abismo profundo.

Dios mío, unos soberbios se levantan contra mí, una banda de insolentes atenta contra mi vida, sin tenerte en cuenta a ti.

Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal, mírame, ten compasión de mí.

Da fuerza a tu siervo, salva al hijo de tu esclava. Dame una señal propicia, que la vean mis adversarios y se avergüencen, porque tú, Señor, me ayudas y consuelas.

 . . .

David en apuros siempre tiene fuerzas para elevar la mirada al cielo y pedir auxilio. Cuántas veces las personas nos hundimos y caemos rendidas bajo los problemas que nos abruman porque queremos resolverlo todo solos, no pedimos ayuda y mucho menos se nos ocurre contar con el apoyo de Dios.

Somos muy autosuficientes. O estamos un poco ciegos y sordos. David afrontó muchos peligros y desafíos en su vida, tuvo que lidiar con muchos enemigos, como estos soberbios que se levantan contra mí, una banda de insolentes atenta contra mi vida... David tomó medidas contra sus enemigos, pero nunca dejó de rezar. Las dificultades no le hicieron perder la fe.

En tiempos de tribulación, este salmo nos ayuda a alzar los ojos y ver las cosas desde Dios. Él nos ama, hace maravillas, la creación y nuestra existencia son obra suya. ¿Cómo no va a protegernos? Y si no nos saca las castañas del fuego, será porque debemos aprender una lección. En medio del dolor y la prueba, él nos dará fuerzas.

 Esta frase del salmo se recita con frecuencia y se ha hecho proverbial: Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal, mírame, ten compasión de mí. Sí, Dios es así. El mundo es cruel y nos castiga; es el mundo y, a veces, nuestras propias acciones, las que nos llevan al desastre. Pero Dios tiene paciencia. Con nosotros y con nuestros enemigos. Si contamos con él aprenderemos a ver las cosas de otro modo, nos llenaremos de su fuerza y su gracia, y podremos afrontar lo que venga.

Alcemos, como David, la voz al cielo. Dios escucha.

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