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Salmo 88 (87)

Cántico. Salmo de los hijos de Coré. Al Director. Sobre «La enfermedad». Sobre «La aflicción». Poema del ezrajita Hemán. 

Señor, Dios Salvador mío, día y noche grito en tu presencia; llegue hasta ti mi súplica, inclina tu oído a mi clamor. Porque mi alma está colmada de desdichas, y mi vida está al borde del abismo; ya me cuentan con los que bajan a la fosa, soy como un inválido. 

Estoy libre, pero camino entre los muertos, como los caídos que yacen en el sepulcro, de los cuales ya no guardas memoria, porque fueron arrancados de tu mano. Me has colocado en lo hondo de la fosa, en las tinieblas y en las sombras de muerte; tu cólera pesa sobre mí, me echas encima todas tus olas. (Pausa) 

Has alejado de mí a mis conocidos, me has hecho repugnante para ellos: encerrado, no puedo salir, y los ojos se me nublan de pesar. Todo el día te estoy invocando, Señor, tendiendo las manos hacia ti.

¿Harás tú maravillas por los muertos? (Pausa)

¿Se alzarán las sombras para darte gracias? ¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia, o tu fidelidad en el reino de la muerte? ¿Se conocen tus maravillas en la tiniebla, o tu justicia en el país del olvido? 

Pero yo te pido auxilio, Señor; por la mañana irá a tu encuentro mi súplica. ¿Por qué, Señor, me rechazas y me escondes tu rostro? 

Desde niño fui desgraciado y enfermo, me doblo bajo el peso de tus terrores, pasó sobre mí tu ira, tus espantos me han consumido: me rodean como las aguas todo el día, me envuelven todos a una; alejaste de mí amigos y compañeros: mi compañía son las tinieblas.

 . . .

Cuántas personas se sienten así. Quizás también tú, lector, muchas veces. Enfermos, inválidos, impotentes. Y Dios ¡parece tan lejano! Muchos son los que, ante la enfermedad, la desgracia o la pérdida, se enojan con el Creador. Creen que los castiga, que se ensaña con ellos: me doblo bajo el peso de tus terrores, pasó sobre mí tu ira. ¿Cuántas veces hemos oído frases como estas? Dios lo permite, él sabrá por qué. Dios me ha enviado esta desgracia. Dios me castiga, Dios me pone a prueba. No es de extrañar que, al final, muchos piensen que nuestro Dios es malo.

Otros abandonan la fe y caen en el abismo del sinsentido. La vida es una tragedia, un foso oscuro, donde no hay más que bracear, desesperados, intentando sobrevivir. La vida es lucha hasta la muerte. Ya te resignes, ya te rebeles, no hay nada que hacer.

De aquí salen actitudes resignadas, fatalistas o airadas contra el mundo. Hay quienes viven enfadados; otros derrotados. Ira y tristeza son dos caras de una misma moneda.

El salmista recoge una tercera vía que se aleja de estas actitudes. Por un lado, se desahoga sin reparo: ante el dolor, no vale reprimir la queja. Los salmos no retienen nada: todo el sufrimiento, el lamento y la rabia humana se expresan en los versos del salterio. Pero, ante las pruebas, el salmista elige un tercer camino, que no es resignación ni furor: el de la confianza.

A pesar de todo, aún le queda la voz. Y la eleva a Dios, confiando que será escuchado. Habla con él, argumenta ante él, pide, suplica, recuerda. No rechaza a Dios ni lo ignora; tampoco se resigna a ser una víctima del furor divino. Señor, en el mundo de los muertos nadie puede alabarte. ¿Te alegraría vernos a todos morir? ¡Eso no puede ser! Señor, devuélveme la salud, la alegría, el vigor, para que pueda darte gloria con mi vida.

No me rechaces, Señor. Un teólogo explicó que los salmos son Antiguo Testamento. En el Nuevo Testamento, deberíamos leer no en presente, sino en pasado perfecto: No me has rechazado, Señor. No me has escondido tu rostro. El Dios Padre que reveló Jesús no rechaza, no se esconde, no rehúye. Es un Dios que escucha, se compadece y actúa.

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