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Salmo 96 (95)

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre.

Proclamad día tras día su victoria, contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones porque es grande el Señor y muy digno de alabanza, más temible que todos los dioses.

Pues los dioses de los gentiles no son nada, mientras que el Señor ha hecho el cielo; honor y majestad lo preceden, fuerza y esplendor están en su templo.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor.

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la tierra toda. Decid a los pueblos: «El Señor es rey, él gobierna a los pueblos rectamente.»

Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra: regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad.

. . .

Cantad al Señor, bendecid, proclamad, aclamad… No basta decir palabras, no basta una mera comunicación. Para hablar de Dios se necesita elevar la voz, porque el corazón se ensancha y desborda en los labios. Hablar de Dios pide más que un discurso: pide un canto, un grito entusiasta, una alabanza gozosa.

En medio de un mundo en crisis, quizás nos cueste descubrir las maravillas del Señor. La guerra, las catástrofes naturales, las hambrunas y la muerte oscurecen nuestra visión del universo y a veces incluso parece que eclipsan la presencia de Dios. Pero... ¿No es Dios mayor que el mundo? No sólo podemos encontrarlo en la belleza de lo creado, que es mucha. Incluso allá donde las desgracias se ceban en la humanidad, es posible descubrir el resplandor de su mirada en la bondad, en la ayuda, en el desprendimiento generoso de quienes viven para servir y entregan su vida a los demás. Es quizás en los momentos más difíciles cuando mejor se manifiesta la inmensidad del amor.

El salmo recuerda que Dios es creador: por eso la naturaleza lo aclama y proclama su sabiduría y su gloria, de la misma manera que una obra de arte es el mejor elogio de su artífice.

El salmo nos recuerda que Dios es rey. Rey, no en el sentido de un mandatario que oprime y exprime a su pueblo, sino porque él tiene las riendas. Nada se escapa a sus manos, aunque a veces nos parezca que el mundo está un tanto abandonado. No podemos leer la realidad ni la historia con la miope visión del instante actual, sin profundidad ni trascendencia. Desde la eternidad, la historia del mundo no es una sucesión caótica de eventos y desgracias: es un relato con sentido y su guionista sabe muy bien cómo escribirlo.

Esta es la ley de Dios. San Pablo nos recuerda las palabras de Cristo: «mi ley es el amor». Todo está en sus manos, y él recoge hasta la última súplica, el último lamento, la última lágrima. Su ley es la compasión, la generosidad, la esperanza, el amor sin límites. Allí donde dejamos que Él impere, hay justicia, hay paz, hay honradez. Por eso el salmo habla del Señor que gobierna rectamente. Ojalá nuestros dirigentes y mandatarios lo tuvieran más presente y no olvidaran esta ley universal y eterna que nos habla de vida, de dignidad y de profundo respeto hacia la humanidad.

Sobre la realeza y el poder

Este salmo también conlleva una reflexión sobre la realeza, el poder y la justicia humana y divina. En el evangelio, Jesús pronuncia esa frase rotunda, vigente en el paso del tiempo: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Los israelitas tenían una honda convicción: el único rey, el único digno de alabanza, de gloria y adoración, es Dios. Él está por encima de reyes y de otros dioses —que son sólo apariencia—. Él es el único señor ante quien el hombre debe hincar su rodilla.

Muchos autores advierten una veta subversiva en el judaísmo, que se trasladó al cristianismo. Ambas religiones cuestionan el poder humano y su alcance, relativizan la autoridad de los reyes y los dirigentes terrenales y se remiten a un último poder: el de Dios.

Y esto transluce una visión realista y profunda de la condición humana: el salmista ataca la deificación, la apoteosis, el autoengrandecimiento de los gobernantes y líderes que se divinizan a sí mismos y creen que el ser humano no tiene límites. 

Sin desatender nuestros deberes civiles, no deberíamos olvidar que, por encima de todo, está Dios. Y él gobierna a los pueblos rectamente. Desde la visión cristiana, podríamos decir que cuando las sociedades se rigen por la ley de Dios, que es el amor, entonces se pueden dar unas condiciones de justicia y de paz que favorecen el desarrollo de la persona. No se trata de que las instituciones religiosas interfieran en el gobierno, sino de que éste tenga en cuenta sus límites, respete la libertad sagrada de cada cual y fomente aquellos valores que contribuyen a la dignidad y a la plenitud de toda persona, sin distinción.

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