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Salmo 114 (113a)

Cuando Israel salió de Egipto, los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente, Judá fue su santuario,

Israel fue su dominio. 

El mar, al verlos, huyó; el Jordán se echó atrás; los montes saltaron como carneros; las colinas, como corderos. 

¿Qué te pasa, mar, que huyes, y a ti, Jordán, que te echas atrás? ¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros; colinas, que saltáis como corderos? 

En presencia del Señor, estremécete, tierra, en presencia del Dios de Jacob; que transforma las peñas en estanques, el pedernal en manantiales de agua.

. . . 

En presencia del Señor, estremécete, tierra. Esta imagen poderosa nos presenta a un Dios creador que es dueño de todo cuanto existe y que también dirige la historia para proteger a su pueblo. Tan grandioso es su poder que, ante su presencia, el mundo se inclina, tiembla y se dobla. O huye espantado: podemos visualizar un corzo o un cabrito saltando ante un predador; con el mismo pavor se agitan los montes. Tan grande es Dios.

Si la tierra se estremece, ¿qué no haremos los humanos, que somos pequeñas partículas de vida pululando sobre el planeta?

No olvides que Dios es grande, nos está diciendo este salmo. Pero este Dios tan grande es tuyo. Te da la vida y te libera. Acaba con tus esclavitudes y te otorga la dignidad.

¿Nos dejaremos liberar, salvar, por este Dios que nos quiere llamar hijos?

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