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Salmo 143 (142)

1Salmo de David.

Señor, escucha mi oración; tú, que eres fiel, atiende a mi súplica; tú, que eres justo, escúchame. 

2No llames a juicio a tu siervo, pues ningún hombre vivo es inocente frente a ti. 

3El enemigo me persigue a muerte, empuja mi vida al sepulcro, me confina a las tinieblas como a los muertos ya olvidados. 

4Mi aliento desfallece, mi corazón dentro de mí está yerto. 5Recuerdo los tiempos antiguos, medito todas tus acciones, considero las obras de tus manos 6y extiendo mis brazos hacia ti: tengo sed de ti como tierra reseca.

(Pausa) 7Escúchame enseguida, Señor, que me falta el aliento. No me escondas tu rostro, igual que a los que bajan a la fosa. 

8En la mañana hazme escuchar tu gracia, ya que confío en ti. Indícame el camino que he de seguir, pues levanto mi alma a ti. 

9Líbrame del enemigo, Señor, que me refugio en ti. 10Enséñame a cumplir tu ley, ya que tú eres mi Dios.

Tu espíritu, que es bueno, me guíe por tierra llana. 

11Por tu nombre, Señor, consérvame vivo; por tu clemencia, sácame de la angustia. 12Por tu fidelidad, dispersa a mis enemigos, destruye a todos mis agresores, pues soy tu siervo.

. . .

Este salmo es otra hermosa oración para empezar el día, y también cuando estamos en apuros. Muchas de sus frases resuenan con nuestro Padrenuestro, la plegaria que nos enseñó Jesús y con la que rezamos los cristianos. Él rezaba con los salmos.

Con estas palabras impresas en el corazón, Jesús se abrió a una experiencia aún mayor que la de David. El rey se sentía amado y protegido por Dios; sediento de él, extendía sus brazos hacia él. Jesús se recostó en el seno del Padre y supo que era su Hijo.

No llames a juicio a ningún hombre, porque ningún hombre vivo es inocente ante ti... Perdona nuestras deudas, como nosotros perdonamos. Porque si no somos clementes, ¿cómo podremos reclamar tu compasión?

No me escondas tu rostro... Venga a nosotros tu reino, míranos, Señor, ven a nuestro lado. Tengo sed de ti.

En la mañana hazme escuchar tu gracia. Buenas palabras para empezar el día: sintiéndonos creados y amados por Dios.

Líbrame del enemigo, señor. Líbranos del mal, o del Maligno. Porque todos, aunque no lo sepamos, tenemos un enemigo que nos acecha cada día.

Enséñame a cumplir tu Ley, hágase tu voluntad, y que todo cuanto haga sea acorde con ella.

Consérvame vivo, sácame de la angustia: no nos dejes caer en medio de las pruebas; que no nos rindamos, que no perezcamos, que no sucumbamos al desánimo y a la muerte interior.

Señor, sálvanos, porque uno sólo no se salva a sí mismo. Ningún náufrago ahogándose puede rescatarse si no hay una mano amiga que lo ayude. Señor, extiendo mis brazos hacia ti, sácame de la angustia.

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