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Salmo 144 (143)

1De David.

Bendito el Señor, mi Roca, que adiestra mis manos para el combate, mis dedos para la pelea; 2mi bienhechor, mi alcázar, baluarte donde me pongo a salvo, mi escudo y refugio, que me somete los pueblos. 

3Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él? ¿Qué los hijos de Adán para que pienses en ellos? 

4El hombre es igual que un soplo; sus días, una sombra que pasa. 5Señor, inclina tu cielo y desciende; toca los montes, y echarán humo; 6fulmina el rayo y dispérsalos; dispara tus saetas y desbarátalos. 

7Extiende la mano desde arriba: defiéndeme, líbrame de las aguas caudalosas, de la mano de los extranjeros, 8cuya boca dice falsedades, cuya diestra jura en falso. 

9Dios mío, te cantaré un cántico nuevo, tocaré para ti el arpa de diez cuerdas: 10para ti que das la victoria a los reyes, y salvas a David, tu siervo, de la espada maligna. 

11Defiéndeme y líbrame de la mano de los extranjeros, cuya boca dice falsedades, cuya diestra jura en falso. 

12Sean nuestros hijos un plantío, crecidos desde su adolescencia; nuestras hijas sean columnas talladas,  estructura de un templo; 13que nuestros silos estén repletos de frutos de toda especie; que nuestros rebaños a millares se multipliquen en las praderas, 14y nuestros bueyes vengan cargados; que no haya brechas ni aberturas, ni alarma en nuestras plazas. 

15Dichoso el pueblo que esto tiene, dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor.

. . .

Este salmo de David recoge las grandes aspiraciones de un rey. Trasladadas a un plano cotidiano, son también las aspiraciones de cualquier hombre o mujer de todos los tiempos.

Protección de Dios: hoy vivimos en una sociedad descreída, pero la inmensa mayoría de la humanidad, durante casi toda la historia, ha creído en un cielo habitado por Dios o por dioses, divinidades que rigen el destino humano y que pueden ser protectoras. Para un creyente, la amistad con su Creador divino es esencial, y contar con su protección es fuente de esperanza y fortaleza en medio de las dificultades.

Defensa ante los enemigos: la vida de todo rey pendía de un hilo. Sentarse en un trono suponía enemigos, y por eso era crucial mantenerlos alejados, o aún mejor: derrotarlos. Hoy podríamos decir que necesitamos protegernos de enemigos más sutiles que quieren minar y destruir poco a poco nuestra vida. Vivamos atentos y pidamos fuerza para no caer ante ellos, porque muchas son las trampas que nos tienden, a través de los medios, el consumismo, la publicidad e incluso nuestros gobiernos.

Descendencia: todo hombre y toda mujer, al menos hasta hace poco, y todavía en muchos lugares del mundo, desea perpetuar su nombre y su memoria. Sean nuestros hijos un plantío... El sueño de millones de seres humanos es formar una familia y ver crecer a sus hijos y nietos con paz y alegría. Es un deseo genuino e innato, que llena de gozo y plenitud.

Abundancia y prosperidad: todos queremos tener los silos llenos y recibir el fruto de nuestro esfuerzo para vivir con dignidad y disfrutando de nuestros bienes.

Paz en el país: también deseamos vivir en un entorno ordenado, tranquilo y en paz. Es un deseo y una necesidad acuciante, sobre todo en países donde la violencia se adueña de las calles y nadie puede vivir seguro. Cuántas personas emigran porque en su tierra no tienen la seguridad garantizada, ni siquiera el sustento, ni el futuro de sus hijos. Una sociedad sin robos, sin asesinatos, sin miedo y sin desconfianzas, sin brechas ni aberturas, sin alarma en nuestras plazas, siempre ha sido deseable, como vemos, desde tiempos muy antiguos.

Protección de Dios, defensa ante el mal, familia, paz, prosperidad. Con este salmo se pueden pedir todas estas cosas necesarias. Pero recordemos: Dios no trabaja solo y respeta nuestra libertad. Está en nuestras manos construir un mundo donde se haga su voluntad.  

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