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salmo 48 (47)

Cántico de los hijos de Coré.   Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios, su monte santo,  altura hermosa, alegría de toda la tierra:   el monte Sión, confín del cielo, ciudad del gran rey; entre sus palacios,   Dios descuella como un alcázar.   Mirad: los reyes se aliaron para atacarla juntos;   pero, al verla, quedaron aterrados y huyeron despavoridos.  Allí los agarró un temblor y dolores como de parto;   como un viento del desierto, que destroza las naves de Tarsis.   Lo que habíamos oído lo hemos visto en la ciudad del Señor del universo, en la ciudad de nuestro Dios:  que Dios la ha fundado para siempre. Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo:   como tu nombre, oh Dios, tu alabanza llega al confín de la tierra. Tu diestra está llena de justicia:  el monte Sión se alegra, las ciudades de Judá se gozan  con tus sentencias.   Dad la vuelta en torno a Sión,...

Salmo 47 (46)

Salmo de los hijos de Coré.   Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo;   porque el Señor altísimo es terrible, emperador de toda la tierra.   Él nos somete los pueblos y nos sojuzga las naciones;   él nos escogió por heredad suya: gloria de Jacob, su amado. Dios asciende entre aclamaciones;  el Señor, al son de trompetas:   tocad para Dios, tocad; tocad para nuestro Rey, tocad.   Porque Dios es el rey del mundo: tocad con maestría.   Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado.   Los príncipes de los gentiles se reúnen con el pueblo del Dios de Abrahán; porque de Dios son los grandes de la tierra, y él es excelso. . . . El salmo de hoy suele acompañar las lecturas de la Ascensión de Jesús como una sinfonía triunfal y exultante. Es un salmo con tintes épicos, teñido también de gozo. Sus versos desprenden luz y alegría: la exaltación de ánimo de aquel que ve, reconoce y aclama la gran...

Salmo 46 (45)

De los hijos de Coré. Cántico. Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,  poderoso defensor en el peligro.   Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,  y los montes se desplomen en el mar.   Que hiervan y bramen sus olas,  que sacudan a los montes con su furia:  el Señor del universo está con nosotros,  nuestro alcázar es el Dios de Jacob. Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada.   Teniendo a Dios en medio, no vacila; Dios la socorre al despuntar la aurora.   Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;  pero él lanza su trueno, y se tambalea la tierra.  El Señor del universo está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob. Venid a ver las obras del Señor, las maravillas que hace en la tierra:   pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,  rompe los arcos, quiebra las lanzas, prende fuego a los escudos.   «Rendíos, reconoced que yo soy Dios:  más al...

Salmo 45 (44)

De los hijos de Coré. Canto de amor. Me brota del corazón un poema bello, recito mis versos a un rey; mi lengua es ágil pluma de escribano. Eres el más bello de los hombres,  en tus labios se derrama la gracia, el Señor te bendice eternamente.   Cíñete al flanco la espada, valiente:  es tu gala y tu orgullo;   cabalga victorioso por la verdad,  la mansedumbre y la justicia, tu diestra te enseñe a realizar proezas.   Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,  se acobardan los enemigos del rey.   Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,  cetro de rectitud es tu cetro real;   has amado la justicia y odiado la impiedad: por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros. A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,  desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.   Hijas de reyes salen a tu encuentro, de pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir. Escucha, hija...

Salmo 44 (43)

Poema de los hijos de Coré Oh Dios, nuestros oídos lo oyeron, nuestros padres nos lo han contado: la obra que realizaste en sus días, en los años remotos. Tú mismo con tu mano desposeíste a los gentiles,  y los plantaste a ellos; trituraste a las naciones, y los hiciste crecer a ellos.   Porque no fue su espada la que ocupó la tierra, ni su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro, porque tú los amabas.   Mi rey y mi Dios eres tú, que das la victoria a Jacob:  con tu auxilio embestimos al enemigo,  en tu nombre pisoteamos al agresor.   Pues yo no confío en mi arco, ni mi espada me da la victoria;   tú nos das la victoria sobre el enemigo y derrotas a nuestros adversarios. Dios ha sido siempre nuestro orgullo, y siempre damos gracias a tu nombre. Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,  y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:  nos haces retroceder ante el enemigo, y nuestro adver...

Salmo 43 (42)

Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa contra gente sin piedad, sálvame del hombre traidor y malvado.  Tú eres mi Dios y protector, ¿por qué me rechazas?,  ¿por qué voy andando sombrío,  hostigado por mi enemigo?   E nvía tu luz y tu verdad: que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada.   Me acercaré al altar de Dios, al Dios de mi alegría,  y te daré gracias al son de la cítara, Dios, Dios mío.   ¿Por qué te acongojas, alma mía,  por qué gimes dentro de mí? Espera en Dios, que volverás a alabarlo:  «Salud de mi rostro, Dios mío». . . . Luz y sombra, angustia y salvación. Estos son los claroscuros de este salmo de súplica y gratitud. Estos son los colores de nuestra vida, donde se suceden las nubes y el sol; los momentos felices ante el Dios de mi alegría y las noches oscuras de congoja. ¿De dónde vienen nuestras tristezas más profundas? De la ausencia de Dios . Y quizás no tanto porque él se a...

Salmo 42 (41)

Poema de los hijos de Coré Como busca la cierva corrientes de agua,  así mi alma te busca a ti, Dios mío;   mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo:  ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?   Las lágrimas son mi pan noche y día, mientras todo el día me repiten: «¿Dónde está tu Dios?».   Recuerdo otros tiempos, y desahogo mi alma conmigo: cómo entraba en el recinto santo, cómo avanzaba hacia la casa de Dios entre cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta.   ¿Por qué te acongojas, alma mía,  por qué gimes dentro de mí? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: «Salud de mi rostro, Dios mío».   De día el Señor me hará misericordia, de noche cantaré la alabanza, la oración al Dios de mi vida.  Diré a Dios: «Roca mía, ¿por qué me olvidas? ¿Por qué voy andando, sombrío, hostigado por mi enemigo?».   Se me rompen los huesos por las burlas del adversario; todo el día me preguntan: «¿Dónde está tu Dios?».   ¿Por q...