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Salmo 57 (56)

«No destruyas». Epigrama de David. Cuando, huyendo de Saúl, se escondió en la cueva. Misericordia, Dios mío, misericordia, que mi alma se refugia en ti; me refugio a la sombra de tus alas  mientras pasa la calamidad.   Invoco al Dios altísimo, al Dios que hace tanto por mí.  Desde el cielo me enviará la salvación, confundirá a los que ansían matarme; enviará Dios su gracia y su lealtad. Estoy echado entre leones devoradores de hombres;  sus dientes son lanzas y flechas,  su lengua es una espada afilada.   Elévate sobre el cielo, Dios mío, y llene la tierra tu gloria.   Han tendido una red a mis pasos, para que sucumbiera; me han cavado delante una fosa,  pero han caído en ella. Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme. Voy a cantar y a tocar:   despierta, gloria mía;  despertad, cítara y arpa; despertaré a la aurora.   Te daré gracias ante los pueblos, Señor; tocaré para ti ante las naciones:   por tu bondad, que ...

Salmo 56 (55)

Según «La paloma de los dioses lejanos».  Epigrama de David. Cuando los filisteos lo tenían preso en Gat.   Misericordia, Dios mío, que me hostigan,  me atacan y me acosan todo el día;   todo el día me hostigan mis enemigos, me atacan en masa, oh Altísimo.   En el día terrible, yo confío en ti.   En Dios, cuya promesa alabo, en Dios confío y no temo:  ¿qué podrá hacerme un mortal?   Todos los días discuten y planean pensando solo en mi daño;   buscan un sitio para espiarme, acechan mis pasos y atentan contra mi vida.   Líbrame de su maldad; en tu ira, somete a los pueblos, oh Dios.   Anota en tu libro mi vida errante, recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío, mis fatigas en tu libro.  Que retrocedan mis enemigos cuando te invoco,  y así sabré que eres mi Dios.   En Dios, cuya promesa alabo, en el Señor, cuya promesa alabo,   en Dios confío y no temo;  ¿qué podrá hacerme un hombre?   Te debo, D...

Salmo 55 (54)

Poema de David.   Dios mío, escucha mi oración, no te cierres a mi súplica;   hazme caso y respóndeme. Me agitan mis ansiedades,   me turba la voz del enemigo, los gritos del malvado. Descargan sobre mí calamidades y me atacan con furia.   Se agita mi corazón, me sobrecoge un pavor mortal,   me asalta el temor y el terror, me cubre el espanto.   Y pienso: «¡Quién me diera alas de paloma para volar y posarme!   Emigraría lejos, habitaría en el desierto, esperaría en el que puede salvarme del huracán y la tormenta».   ¡Destrúyelos, Señor, confunde sus lenguas!  Pues veo en la ciudad violencia y discordia:   día y noche hacen la ronda sobre sus murallas; en su recinto, crimen e injusticia;   dentro de ella, calamidades; no se apartan de su plaza la crueldad y el engaño.   Si mi enemigo me injuriase,  lo aguantaría; si mi adversario se alzase contra mí, me escondería de él;   pero eres tú, mi compañero, mi amigo y confi...

Salmo 54 (53)

Poema de David. Cuando los zifitas vinieron a decir a Saúl: «¿No está escondido David entre nosotros?». Oh Dios, sálvame por tu nombre, sal por mí con tu poder. Oh Dios, escucha mi súplica, atiende a mis palabras;  porque unos insolentes se alzan contra mí, y hombres violentos me persiguen a muerte, sin tener presente a Dios. Pero Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida.  Devuelve el mal a mis adversarios, destrúyelos por tu fidelidad. Te ofreceré un sacrificio voluntario, dando gracias a tu nombre, que es bueno; porque me libraste del peligro,  y he visto la derrota de mis enemigos. . . .  Qué lejos están del perdón cristiano estos versos: «Devuelve el mal a mis adversarios, destrúyelos...» Sin embargo, esto es innegable: cuando alguien nos causa un daño y acaba mal, algo en nosotros se alegra, no podemos evitarlo. Quizás disimulamos, pero hay una irrefrenable alegría, que podemos llamar malsana, si queremos, o salvaje, o instintiva. ¡Se ha hecho ...

Salmo 53 (52)

Para el maestro de coro. Poema de David .  Dice el necio para sí: «No hay Dios». Se han corrompido cometiendo execraciones,  no hay quien obre bien.   Dios observa desde el cielo a los hijos de Adán, para ver si hay alguno sensato que busque a Dios.   Todos se extravían igualmente obstinados;  no hay uno que obre bien, ni uno solo.   Pero ¿no aprenderán los malhechores que devoran a mi pueblo como pan y no invocan a Dios?  Pues temblarán de espanto allí donde no había razón para temer, porque Dios esparce los huesos del agresor,  y serán derrotados, porque Dios los rechaza.   ¡Ojalá venga desde Sión la salvación de Israel!  Cuando el Señor cambie la suerte de su pueblo, se alegrará Jacob y gozará Israel. . . . No hay Dios. Esta afirmación palpita desde hace siglos en el mundo moderno. Parece que el hombre, aupado en su saber y en el progreso material, ya no necesita apoyo alguno. La religión es una ficción innecesaria. El se...

Salmo 52 (51)

Poema de David.  Cuando Doeg, el edomita, comunicó a Saúl: «David se ha ido a la casa de Ajimélec».   ¿Por qué te glorías de la maldad y te haces fuerte en el delito? Estás todo el día maquinando injusticias, tu lengua es navaja afilada, autor de fraudes;   prefieres el mal al bien,  la mentira a la honradez; prefieres las palabras corrosivas, lengua embustera.   Pues Dios te destruirá para siempre,  te abatirá y te barrerá de tu tienda; arrancará tus raíces del suelo vital.  Lo verán los justos, y temerán,  y se reirán de él:   «Mirad al valiente que no puso en Dios  su apoyo, confió en sus muchas riquezas,  se insolentó en sus crímenes».   Pero yo, como verde olivo, en la casa de Dios,  confío en la misericordia de Dios por siempre jamás. Te daré siempre gracias porque has actuado;  proclamaré delante de tus fieles: «Tu nombre es bueno». . . .  Este es otro salmo inspirado en un episodio de la vida ...

Salmo 51 (50)

  Salmo de David.  Cuando el profeta Natán lo visitó, después de haberse unido aquel a Betsabé . Misericordia, Dios mío, por tu bondad,  por tu inmensa compasión borra mi culpa;   lava del todo mi delito, limpia mi pecado.   Pues yo reconozco mi culpa,  tengo siempre presente mi pecado.   Contra ti, contra ti solo pequé,  cometí la maldad en tu presencia. En la sentencia tendrás razón,  en el juicio resultarás inocente.   Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre.   Te gusta un corazón sincero, y en mi interior me inculcas sabiduría.   Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;  lávame: quedaré más blanco que la nieve.   Hazme oír el gozo y la alegría,  que se alegren los huesos quebrantados.   Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa.   Oh Dios, crea en mí un corazón puro,  renuévame por dentro con espíritu firme.   No me arrojes lejos de tu rostro, no me quit...