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Salmo 90 (89)

Oración de Moisés, hombre de Dios. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.   Antes que naciesen los montes o fuera engendrado el orbe de la tierra, desde siempre y por siempre tú eres Dios.   Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: «Retornad, hijos de Adán». Mil años en tu presencia son un ayer que pasó; una vela nocturna.   Si tú los retiras son como un sueño, como hierba que se renueva:   que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca. ¡Cómo nos ha consumido tu cólera y nos ha trastornado tu indignación!   Pusiste nuestras culpas ante ti, nuestros secretos ante la luz de tu mirada:   y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera, y nuestros años se acabaron como un suspiro [...]   ¿Quién conoce la vehemencia de tu ira, quién ha sentido el peso de tu cólera?   Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato.   Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de ...

Salmo 89 (88)

Poema del ezrahita Etan. Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: «tu misericordia es un edificio eterno,  más que el cielo has afianzado tu fidelidad». Sellé una alianza con mi elegido,  jurando a David mi siervo:  «Te fundaré un linaje perpetuo,  edificaré tu trono para todas las edades.» Él me invocará: «Tú eres mi padre, mi Dios,  mi Roca salvadora.» Le mantendré eternamente mi favor,  y mi alianza con él será estable. . . . En este salmo, que el poeta quiso dedicar a la Casa de David , podemos destacar dos aspectos que también aplican a los cristianos de hoy: la fidelidad de Dios y la alianza con él. El salmista escribe en un contexto histórico de apogeo del pueblo judío: su monarquía se consolida, David levanta su capital, Jerusalén, y quiere erigir un templo al Señor. La fórmula de la alianza o el pacto es un recurso utilizado por los autores bíblicos para expresar es...

Salmo 88 (87)

Cántico. Salmo de los hijos de Coré. Al Director. Sobre «La enfermedad». Sobre «La aflicción». Poema del ezrajita Hemán.   Señor, Dios Salvador mío, día y noche grito en tu presencia; llegue hasta ti mi súplica, inclina tu oído a mi clamor. Porque mi alma está colmada de desdichas, y mi vida está al borde del abismo; ya me cuentan con los que bajan a la fosa, soy como un inválido.  Estoy libre, pero camino entre los muertos, como los caídos que yacen en el sepulcro, de los cuales ya no guardas memoria, porque fueron arrancados de tu mano. Me has colocado en lo hondo de la fosa, en las tinieblas y en las sombras de muerte; tu cólera pesa sobre mí, me echas encima todas tus olas. (Pausa)  Has alejado de mí a mis conocidos, me has hecho repugnante para ellos: encerrado, no puedo salir, y los ojos se me nublan de pesar. Todo el día te estoy invocando, Señor, tendiendo las manos hacia ti. ¿Harás tú maravillas por los muertos? (Pausa) ¿Se alza...

Salmo 87 (86)

De los hijos de Coré. Salmo . Él la ha cimentado sobre el monte santo;   y el Señor prefiere las puertas de Sión a todas las moradas de Jacob.   ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!  «Contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles; filisteos, tirios y etíopes han nacido allí». Se dirá de Sión: «Uno por uno, todos han nacido en ella; el Altísimo en persona la ha fundado».   El Señor escribirá en el registro de los pueblos: «Este ha nacido allí». Y cantarán mientras danzan: «Todas mis fuentes están en ti». . . . Este salmo breve, de entrada, resulta un poco misterioso. Pero su primer y último verso nos da claves. El salmo es una visión profética de la futura Sion , la morada de Dios, como lugar de acogida no sólo para los hijos de Israel, sino para todos los pueblos de la tierra. Por eso dice: Contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles; filisteos, tirios y etíopes han nacido allí. Es revolucionario: los enemigos endémicos de Israel s...

Salmo 86 (85)

Oración de David. Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado; protege mi vida, que soy un fiel tuyo; salva, Dios mío, a tu siervo, que confía en ti. Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti, Señor; porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica. En el día del peligro te llamo, y tú me escuchas. No tienes igual entre los dioses, Señor, ni hay obras como las tuyas. Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre: «Grande eres tú, y haces maravillas; tú eres el único Dios». Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; mantén mi corazón entero en el temor de tu nombre. Te alabaré de todo corazón, Dios mío; daré gloria a tu nombre por siempre, por tu gran piedad para conmigo, porque me salvaste del abismo profundo. Dios mío, unos...

Salmo 85 (84)

Al Director. De los hijos de Coré. Salmo.   Señor, has sido bueno con tu tierra, has restaurado la suerte de Jacob,   has perdonado la culpa de tu pueblo,  has sepultado todos sus pecados.  Has reprimido tu cólera, has frenado el incendio de tu ira.   Restáuranos, Dios Salvador nuestro; cesa en tu rencor contra nosotros.   ¿Vas a estar siempre enojado,  o a prolongar tu ira de edad en edad?  ¿No vas a devolvernos la vida,  para que tu pueblo se alegre contigo?  Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.  Voy a escuchar lo que dice el Señor; “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos”. La salvación está cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra. La misericordia y la fidelidad se encuentran,  la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvaci...

Salmo 84 (83)

Al director. Según la oda de Gat. De los hijos de Coré. Dichosos los que viven en tu casa, Señor.  ¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!  Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor,  mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo. Hasta el gorrión ha encontrado una casa; la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor del universo, Rey mío y Dios mío.   Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre.  Dichosos los que encuentran en ti su fuerza y tienen tus caminos en su corazón. Cuando atraviesan áridos valles, los convierten en oasis, como si la lluvia temprana los cubriera de bendiciones;   caminan de baluarte en baluarte hasta ver al Dios de los dioses en Sión. Señor de los ejércitos, escucha mi súplica;  atiéndeme, Dios de Jacob.  Fíjate, oh Dios, en nuestro Escudo,  mira el rostro de tu Ungido. Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa, y prefiero el umbral de la casa de ...