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Salmo 131 (130)

Guarda mi alma en la paz junto a ti, Señor. Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad. Sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre. Espere Israel en el Señor ahora y por siempre.  . . . Si la paternidad ha sido tradicionalmente una imagen para describir a Dios, la maternidad no lo es menos. El Dios de Israel, que Jesús nos reveló como “papá”, cercano y bueno, es también maternal. Su amor es comparable a la ternura con que una madre mira a su pequeño, acurrucado en su regazo. Pero aún es mucho mayor. Y así es como el salmo describe la paz. La paz interior, que tantos ansiamos, no se encuentra en las técnicas respiratorias ni ascéticas, ni en hundirse en nuestro abismo interno, ni en apartarse del mundo y buscar el mero silencio exterior. La paz está en dejarse mecer por ese amor tan grande que nos envuelve, como el de una madre. “Guarda mi alma en la paz junto a ti, Señor”. Es a...

Salmo 130 (129)

  Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.   Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz: estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto.   Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora. Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora. Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos. . . .  Para muchas personas, religión es sinónimo de sentimiento de culpa . Se acusa al judaísmo y al cristianismo de fomentar un miedo y un desprecio de sí mismo que provoca neurosis y una caída de la autoestima. Decía un padre jesuita que la consciencia del pecado es un don, pero de nada sirve reconocerse pecador si no es en oración, ante Dios. Por un lado, se necesita humildad y claridad interior para admit...

Salmo 129 (128)

Canción de las subidas. ¡Cuánta guerra me han hecho desde mi juventud —que lo diga Israel—,  2 cuánta guerra me han hecho desde mi juventud, pero no pudieron conmigo!  3 En mis espaldas metieron el arado y alargaron los surcos.  4 Pero el Señor, que es justo, rompió las coyundas de los malvados.  5 Retrocedan avergonzados los que odian a Sión;  6 sean como la hierba del tejado, que se seca y nadie la siega;  7 que no llena la mano del segador ni la brazada del que agavilla;  8 ni le dicen los que pasan: «Que el Señor te bendiga.  Os bendecimos en el nombre del Señor». . . . ¡Cuánta guerra me han hecho desde joven! Exclamación que responde bien a la vida del rey David, el gran compositor de salmos. Siempre bregando contra numerosos enemigos, pero siempre vencedor. David es agradecido; nunca se atribuye el mérito a sí mismo , sino que lo da a Dios. Por eso, en los peores momentos de su vida, no se hundió ni se dejó abatir por el desánimo...

Salmo 128 (127)

Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida. Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa. Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida. Que veas a los hijos de tus hijos. ¡Paz a Israel! . . . Este es un salmo de alabanza. Hay en él una loanza doble: a Dios, que reparte sus bendiciones y que vela por nosotros «todos los días de nuestra vida», y al justo que sigue los caminos del Señor . A través de imágenes sencillas y expresivas, el salmista nos muestra qué dones recibe el que «teme al Señor»: son aquellos que todo hombre de aquella época podría considerar los mayores bienes: una esposa fecunda, un hogar próspero, hijos sanos y hermosos, salud y una descendencia numerosa. Hoy, t...

Salmo 127 (126)

  1 Canción de las subidas. De Salomón . Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas.  2 Es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!  3 La herencia que da el Señor son los hijos; su salario, el fruto del vientre:  4 son saetas en manos de un guerrero los hijos de la juventud.  5 Dichoso el hombre que llena con ellas su aljaba: no quedará derrotado cuando litigue con su adversario en la plaza. . . . Qué lección nos da este salmo. Por mucho que trabajemos y nos esforcemos, si el Señor no está con nosotros, actuando por nuestras manos, de nada servirá cuanto hagamos. Alguien podría argumentar: este salmo llama a la pereza y a la credulidad. Como Dios me da el pan, ¿para qué trabajar y afanarme? Hay que entender el texto. No es que los antiguos judíos rechazaran el trabajo y e...

Salmo 126 (125)

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,  nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas,  la lengua de cantares. Hasta los gentiles decían:  «El Señor ha estado grande con ellos.» El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. Que el Señor cambie nuestra suerte,  como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares. Al ir, iba llorando, llevando la semilla;  al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas. . . . Hoy nos encontramos con un salmo exultante, gozoso, agradecido. Es el cántico del pueblo —de la persona— que se siente amado por Dios y ve cómo Él ha intervenido en su vida. Las imágenes del salmo son hermosas. Los torrentes del Negueb, como todo arroyo que corre por el desierto, pueden pasar meses de sequía, con sus cauces arenosos y estériles. Y, cuando llegan las lluvias, en cambio, bajan caudalosos. Dios es la lluvia que transforma nuestras vidas. Otra imagen del salmo nos recuerda ...

Salmo 125 (124)

  1 Canción de las subidas. Los que confían en el Señor son como el monte Sión:  no tiembla, está asentado para siempre.  2 Jerusalén está rodeada de montañas,  y el Señor rodea a su pueblo ahora y por siempre.  3 No descansará el cetro de los malvados  sobre el lote de los justos, no sea que los justos  extiendan su mano a la maldad.  4 Señor, concede bienes a los buenos, a los sinceros de corazón;  5 y a los que se desvían por sendas tortuosas,  que los rechace el Señor con los malhechores. ¡Paz a Israel! . . . Continuamos peregrinando hacia Jerusalén con una nueva canción de las subidas. Pongámonos en la piel de estos peregrinos judíos hacia su hermosa Ciudad Santa, la meta de sus esfuerzo, el lugar del gozo porque allí se encuentran con su Dios. Los que confían en el Señor son como el monte Sion. La persona que confía en Dios es una roca firme. Esta imagen contrasta con la consciencia que tenemos de nuestra fragilidad....